Ciberacoso: ¿Qué hacer si tu hijo o hija lo comete?

julio 25, 2024 | Artículos de Triple P

3 min

Mantener la curiosidad respecto a qué hacen los adolescentes cuando usan sus teléfonos o computadores puede ayudar a los padres a darse cuenta si su hijo corre el riesgo de ser víctima o si está utilizando la tecnología para lastimar a otros.

Si bien entre los 11 y los 18 años poco quieren compartir con los adultos, es importante mostrar interés, intentar abrir conversaciones y hacerles saber que estamos disponibles para escucharlos cuando necesiten hablar con nosotros. También, proponerles hacer cosas juntos en internet o pedirles que nos enseñen ese juego que tanto les gusta podría darnos la posibilidad de acercarnos más a su mundo y, quizás, lograr que nos cuenten algo de lo que viven mientras están en línea.

Hablar de ciberacoso suele llevarnos a pensar en víctimas. Sin embargo, existe una realidad menos visible y muchas veces silenciada: la de los padres y madres que descubren que su hijo o hija ha sido quien agrede. La reacción inicial suele ser culpa, vergüenza, negación o enojo. Pero lejos de representar un fracaso en “cómo se ha criado a este niño o niña”, puede tratarse de una oportunidad única para guiar, apoyar y educar.

Comprender por qué un adolescente puede cometer una agresión y cómo acompañarlo de manera positiva es fundamental para prevenir daños mayores y promover un desarrollo emocional sano.

¿Por qué algunos adolescentes ejercen ciberacoso?

No existe un “perfil único”, pero sí características y factores comunes que suelen estar presentes:

  • Dificultad para regular emociones, especialmente rabia y frustración.
  • Baja empatía o desconexión emocional, reforzada por el anonimato y la distancia de las pantallas.
  • Necesidad de validación social, popularidad o control dentro del grupo de pares.
  • Déficit en habilidades sociales y resolución de conflictos.
  • Uso intensivo y poco supervisado de redes sociales.
  • En algunos casos, experiencias previas de victimización o inseguridad personal.

Es importante entender que agredir no define a un adolescente, pero sí es una señal de alerta que requiere atención por parte de los adultos.

El error más común

Ante estas situaciones, muchos adultos reaccionan con castigos severos, gritos o humillación. Si bien los límites son necesarios, el castigo aislado no da a los padres la oportunidad de enseñar ni a los hijos la posibilidad de aprender. Por el contrario, puede reforzar la rabia, la negación o la conducta agresiva.

Lo mismo puede ocurrir si se le resta importancia al problema, pensando que “es solo una etapa y ya va a pasar”. Lo más recomendable son los límites firmes y claros, el acompañamiento emocional y la responsabilidad.

Algunas claves

1. Separar al hijo de la conducta

No es lo mismo decir “eres agresivo” que “lo que hiciste fue dañino”. Hablar de la conducta evita la etiqueta y abre espacio al cambio.

2. Escuchar antes de juzgar

Escuchar no significa justificar, sino comprender para educar. Preguntar con calma:

  • “¿Qué estabas sintiendo cuando pasó esto?”
  • “¿Qué pensabas que iba a ocurrir?”

3. Enseñar empatía de forma concreta

La empatía se aprende y se desarrolla. Ayuda a tu hijo o hija a reflexionar:

  • ¿Cómo crees que se sintió la otra persona?
  • ¿Qué consecuencias tuvo tu acción?

4. Promover la reparación del daño

Esto enseña responsabilidad real. Más allá de una disculpa, es importante reparar:

  • Asumir responsabilidad.
  • Eliminar contenidos ofensivos.
  • Comprometerse con un cambio concreto de conducta.

5. Establecer límites claros y coherentes

Los límites deben ser:

  • Claros (qué se permite y qué no).
  • Consistentes (acordados y según la falta).
  • Educativos (con explicación y reflexión).

Ejemplo: restricción temporal del uso de redes sociales acompañada de conversaciones sobre convivencia digital.

6. Supervisar sin invadir

Revisar de vez en cuando las redes sociales de tu hijo o hija no es espiar ni invadir su privacidad, si se hace desde el acuerdo y la transparencia. La supervisión es una forma de cuidado, especialmente en la adolescencia.

7. Modelar el respeto

Los adolescentes, así como los niños, aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice. El tono con que resolvemos los conflictos, la forma en que discutimos con los demás o cómo hablamos de otros sí importa.

8. Pedir ayuda no es un fracaso

Si la agresividad es persistente o hay dificultades emocionales profundas, buscar apoyo psicológico o escolar es una fortaleza, no una debilidad ni un fracaso como padre, madre o cuidador.

Acompañar a un hijo que agrede es desafiante y doloroso. Pero intervenir con amor, límites y apoyo emocional puede cambiar trayectorias completas. Detrás de una conducta agresiva suele haber un adolescente que no ha aprendido a expresar lo que siente de otra forma.

La buena noticia es que se puede aprender. Y la familia cumple un rol insustituible en ese camino.